sábado, 18 de noviembre de 2017

Rubicon, de Tom Holland


Rubicon
Autor: Tom Holland

«La libertad excesiva conduce pronto a la esclavitud»
(Marco Tulio Cicerón)

Mucha gente piensa que el ensayo histórico es un campo aburrido  e insoportable cuyos libros son poco más que mamotretos para estirados catedráticos y frikis que se enzarzan en agrias discusiones por ver si los legionarios romanos calzaban sandalias o botas, o cuál es en realidad el escudo de armas de cierta casa noble. Quizás por los libros que a todos nos tocó leer en los planes escolares, la Historia parece una larga lista de nombres y fechas que hay que aprenderse casi de memoria, y en las que uno se pierde mientras da cabezadas de sueño la noche anterior al examen. 

Sin embargo, la Historia en sí misma puede resultar fascinante. Es la mayor novela que ha existido o pueda existir jamás, la mayor aventura y la mayor narración de romances, intriga y épica posible, así como un infinito crisol de caracteres humanos, desde el más contradictorio al más anodino. Ya se sabe que la realidad siempre supera la ficción. Los autores de Fantasía lo comprenden perfectamente y beben directamente de fuentes históricas. ¿Quién no ve retazos de la Segunda Guerra Mundial en las grandes luchas a escala casi planetaria, entre el Bien y el Mal, de Tolkien? ¿Acaso sus reinos y la organización de estos no recuerdan a los de la Edad Media? ¿Quién duda de que Martin ha inspirado su ambientación realista en el propio realismo de la auténtica Edad Media? ¿Y a quién no se le pasa que el propio Howard no sólo se inspiró en la Antigüedad, sino que directamente utilizó nombres de lugares y de personas, nombres reales, en sus propias historias de ficción, dándoles así mayor solidez y verosimilitud? Estos autores comprendieron lo dicho antes: para crear una buena novela épica primero hay que acudir a la Gran Novela Épica: la Historia en sí misma. 

Tom Holland


Pero es necesario un buen divulgador, un historiador ameno que sepa analizar los hechos, las causas y las personas, no solo arrojar la odiada lista de fechas y nombres, sino transmitir de manera clara los acontecimientos, las causas que los provocan, las personas que están tras ellos y sus motivaciones, y que lo haga además de un modo fluido y ameno que enganche y haga olvidar al lector que está ante el-ensayo-histórico-de-turno; en definitiva, el divulgador debe presentar su libro de forma tan entretenida como si fuera una buena novela. 

En Rubicón Tom Holland ha logrado ese objetivo, como lo han logrado antes otros buenos divulgadores históricos, por ejemplo los desaparecidos Asimov o Juan Antonio Cebrián. También es cierto que ha elegido uno de los periodos más interesantes de la historia terrestre: la República romana de la Antigüedad. Esos aproximadamente seis siglos dieron a luz un buen puñado de nombres imborrables: Tarquino el Soberbio, Asdrúbal, Aníbal, Escipión, Pirro, Sila, Mario, Catón, Cicerón, Craso, Pompeyo, Espartaco, Mitrídates, Julio César, Vercingetórix, Marco Antonio, Cleopatra, Octavio Augusto…, así como lugares, fechas y pueblos inolvidables: Cartago, los etruscos, Egipto, Alejandría, Cannas, Zama, Carras, Galia, Alesia, Macedonia…, y por supuesto, Roma. 

Hay pocos periodos históricos tan hipnóticos como el de la República romana. Han pasado dos milenios largos desde la creación de Roma y aún estamos subyugados por su recuerdo. Sería interminable la lista de libros, películas, series de televisión e incluso comics y otras muestras de arte popular que de un modo u otro se han ocupado de ella. El número de películas sobre Roma es mayor que el de películas sobre la Antigua Grecia, y Julio César ha sido tan biografiado como el propio Alejandro Magno; quizá más. Pocos personajes, si exceptuamos al mentado Alejandro, Napoleón o Hitler, han sido tan analizados, diseccionados, retratados de mil y una maneras, vilipendiados o alabados como el propio Julio César. Nuestra forma de expresarse bebe de esas fuentes, aunque ni lo sospechemos. Un césar es sinónimo de rey, de emperador, de soberano a gran escala, y muchos siglos después, en el Renacimiento y al comienzo de la Modernidad, cuando se usaban ya armas de fuego, los emperadores europeos seguían llamándose césares para dar lustre a su poder. Espartaco aún sigue siendo un nombre que evoca la lucha de la esclavitud contra la libertad (un ideal que en su origen no era exactamente el mismo, pero bastardeado para favorecer nuestros propios ideales). Un gladiador es una persona aguerrida y valiente y solemos decir que un político, un periodista o un intelectual baja a la arena cuando participa en un duro debate dialéctico. Un cicerón es un maestro de la oratoria y un buen educador. Aún existen en Francia o España cuerpos de legionarios. Cannas sigue estudiándose en todas las academias militares como un ejemplo de batalla perfecta e incluso los generales de la Segunda Guerra Mundial, en sus propias palabras, seguían buscando su propia Cannas. El adjetivo augusto señala a cualquier persona de porte noble y digna de respeto, aunque no tenga nada que ver con el primer emperador romano. Los pontífices actuales ya no son los funcionarios romanos que bendecían los puentes de la ciudad, pero la palabra aún es sinónimo de poder religioso. Los foros —físicos o virtuales— son lugares de encuentro y debate, tal como lo era el original, el Foro Romano. Cuando se hace una apuesta arriesgada y se empieza un camino peligroso y sin retorno… ¿qué se suele decir? La suerte está echada. Y por supuesto, tenemos la frase cruzar el Rubicón como sinónimo de decisión trágica que no tiene vuelta atrás. 

Aun estamos invadidos por Roma. El Imperio romano todavía domina el mundo occidental, tal vez no con sus legiones como antaño, pero sí con la fascinación que provoca e incluso con la terminología que usamos en las frases cotidianas. Preguntemos a cualquier persona de la calle qué imperio es el más famoso; ¿cuál contestarán? Roma es en sí misma el epítome de la idea de imperio por excelencia, y el águila de las legiones es el símbolo del poder de un imperio, de todo lo bueno y lo malo que apareja la idea universal de imperio, usada por casi todos los imperios famosos que vinieron después de Roma y que jamás alcanzaron la gloria que aquel tuvo. Pero Roma, aunque se comportara de modo imperialista casi desde su fundación, no fue siempre un imperio, al menos no en su estructura política y social, sino una república de ciudadanos libres, cuyos votos elegían o echaban a sus máximos gobernantes. Aunque Julio César no introdujo propiamente el imperio, él acabó por destruir esa idea de una república de ciudadanos libres, de manera lógica y conveniente para algunos porque ya no era viable, y despótica y dictatorial para otros. Se dice aún que Julio César tomó esa decisión al cruzar con sus tropas el pequeño río Rubicón y declarar así la guerra, como ciudadano particular, a toda la República y sus instituciones. 

Ilustración de Angus McBride.


Es precisamente Rubicón el término que para su libro ha utilizado Tom Holland, aunque él mismo dice haber sopesado el de Ciudadano, o algún otro parecido. A lo largo de la obra asistimos a la vorágine de acontecimientos que marcaron la evolución, o degeneración, de la República romana, desde la expulsión de su primer rey, Tarquinio el Soberbio, incluyendo las profecías de la Sibila, pasando por las guerras contra los etruscos y el resto de tribus itálicas, la conquista y absorción de las otras ciudades-estado italianas por Roma, las titánicas guerras contra Cartago —con la famosa invasión de Aníbal—, las convulsiones políticas internas que degeneraron en el enfrentamiento entre Mario y Sila, el establecimiento y luego destrucción del primer triunvirato —Julio César, Pompeyo y Craso—, las guerras de las Galias, la Guerra Civil Romana, los idus de marzo, con un asesinato de Julio César que ni el mejor poeta trágico hubiera podido imaginar —los cuchillos cayendo sobre el dictador, bajo la estatua de su mayor rival, Pompeyo—, la ascensión del implacable Augusto, los amores entre Marco Antonio y Cleopatra y sus poéticas muertes, y por último el establecimiento del Imperio. Esto es un resumen a grandes rasgos, pero en el libro se estudian todos estos acontecimientos, sazonados con un incontable número de intrigas políticas, económicas y sociales, también eróticas y amorosas, que con fuerza y agilidad el autor va desgranando. Pero junto a los hechos, ya de por sí entretenidísimos, se presenta un análisis sociológico y económico profundo de los personajes y del propio pueblo romano. Los protagonistas no son sólo los grandes hombres, sino también los ciudadanos, que iban cambiando según la República iba cambiando. Ha habido pocos pueblos tan decididos a conquistar el mundo entero como el propio pueblo romano —desde el panadero al cónsul—, tan dispuesto a hacer todos los sacrificios necesarios y a resistir hasta el final en las dificultades. Esta resolución inquebrantable les llevó a conquistar y a dominar con una tenacidad que aun hoy causa admiración, a ser crueles sin medida y orgullosos también sin medida. No es un libro políticamente correcto porque refleja el espíritu de una época implacable donde los términos piedad y debilidad eran sinónimos. Si bien Roma era despótica con sus conquistados, también es cierto que vivía en un mundo donde la competencia por la supremacía era la norma, donde pueblos y naciones se regían por la ley de la jungla, donde sólo podía haber un ganador que se lo llevara todo. Y ese ganador lógico fue Roma, para bien o para mal del mundo entero. Lo que hizo única a la República romana es que ese inmenso poder no recaía en un solo hombre, sino en el conjunto de los ciudadanos, a los que los senadores y cónsules debían satisfacer para conseguir sus votos. Un cónsul podía haber conquistado con sus legiones un país entero y esclavizar a todos sus habitantes, pero una campaña de grafittis o pintadas en los muros de Roma, aludiendo a un escándalo amoroso e inmoral, podía causar el vuelco que lo echara del poder. Esa es la paradoja de la República romana: el poder dependía de la mezquina plebe, tan tiránica en sus emociones como el cónsul de turno. Sin embargo, esta estructura se fue agrietando y destruyendo por el propio peso de tantas conquistas y tanta riqueza. La corrupción peleaba en el Senado y en la calles contra la severidad romana. Como en todas las épocas, el deber y la nobleza estaban muy cerca de la cobardía y el egoísmo. Pero como telón de fondo siempre se encontraba la competitividad. El pueblo romano no sólo quería ver sangre en el circo; también quería ver a sus políticos pelearse entre sí, pues la política era otro modo de lucha implacable, a veces violento, y la plebe amaba no al más noble y bondadoso, sino al apto y al fuerte. Esta lucha política se hizo salvaje y despiadada y condujo a los enfrentamientos civiles entre Mario y Sila, y después a la guerra civil entre Julio César y Pompeyo. La política se teñía de sangre con el asesinato de Julio César, pues ya no había freno en la lucha por el poder que exigía el propio pueblo. Todo estaba permitido. Así pues, en la propia competitividad de la sociedad romana, que no toleraba la debilidad ni en el Senado ni el campo de batalla, se fraguó la pérdida de la libertad de los ciudadanos y el final de la República. Porque la lucha inagotable por el poder sólo podía dar como resultado un emperador, un dictador que acabara con el Senado y las instituciones democráticas, de igual modo que la lucha entre naciones y pueblos, fomentada por ellos mismos como el ideal más noble, sólo podría parir a un pueblo y un gobierno más fuerte que todos los demás, un pueblo que acabara esclavizándolos en aras de ese ideal guerrero que todos, paradójicamente, habían promovido. La idea sobre la que gira el libro, el Rubicón final, es que la muerte de la República romana no fue culpa de un hombre ambicioso, de un César o un Augusto, sino del propio sistema competitivo en que se basaba. Al final, la única manera de acabar con un baño de sangre tras otro y una guerra civil tras otra era que un gobernante agarrara todo el poder por la fuerza y tirase a matar contra todo lo que se moviera. Sólo así la paz parecía asegurada. Y eso, inevitablemente, acabaría con la libertad de los ciudadanos —muchos de ellos ya ni la querían, porque entre la seguridad y la libertad los hombres suelen elegir la primera—, y establecería el Imperio y la Pax Romana. El que esa pax funcionase o no en el futuro dependería solo de los emperadores, y entre estos hubo de todo: de lo mejor a lo peor. Pero eso es otro asunto. 

En todo caso, no hace falta ser un experto en Historia para leer este libro. Tanto el estudiante serio como el aficionado casual lo disfrutarán, pues se lee de un tirón, ya que tiene nervio y es muy entretenido. Una buena elección para todo aquel que quiera saber más sobre la República romana. 

Andrés Díaz Sánchez.

domingo, 12 de noviembre de 2017

El tirano, de Valerio Massimo Manfredi


Título: El tirano
Autor: Valerio Massimo Manfredi.

En este libro se novela la vida de Dionisio I de Siracusa, que llegó a ser dueño y señor absoluto de las colonias griegas de la isla de Sicilia durante el siglo IV a. C.

En esa época se produjo una encarnizada lucha entre griegos y cartagineses por el control de las boyantes polis sicilianas. En un principio la poderosa Cartago se impuso sobre las desunidas colonias helenas, que gozaba cada una de su propio sistema democrático. La flota cartaginesa, pues, se hizo con varias de ellas, reduciéndolas a escombros y exterminando o esclavizando a sus habitantes. El líder de la oposición griega fue el protagonista de esta novela, Dionisio de Siracusa, al principio solo un alto mando más de los helenos de la isla.

Dionisio combatió en lo que a priori era una lucha por la pura supervivencia, y gracias a su energía y su inteligencia empezó por dominar a todas las polis griegas y someterlas a un gobierno absolutista centrado en una sola persona: él mismo, un tirano; de tal modo presentaba un solo frente, sólido y compacto, contra el enemigo común. A pesar de granjearse el odio de los demócratas, a los que anuló incluso por la violencia, sus medios totalitarios dieron resultado y, tras muchas batallas y movimientos audaces, consiguió frenar e incluso a veces expulsar de sus ciudades a los cartagineses.

A partir de ahí, el poder del tirano Dionisio creció hasta el punto de erigir un pequeño imperio griego en el Mediterráneo occidental, conquistando incluso territorios del sur de la península itálica. Bajo su gobierno se idearon revolucionarias máquinas de guerra y embelleció Siracusa y las otras ciudades que controlaba. Pero todo lo que sube cae, y cuanto más alto se llega más dura es la caída, como bien nos muestra esta novela.

Valerio Massimo Manfredi

El libro, pues, narra tanto el ascenso de Dionisio y su época más boyante, como su declive y su casi inevitable caída, que provocó también el derrumbe del sistema que había alzado.

En cuanto al estilo, Manfredi es tosco, a veces simplista, y el ritmo en ocasiones se acelera demasiado, por lo cual da la impresión de que la narración marcha a trompicones; pero lo compensa con una sorprendente agilidad narrativa, de tal modo que logra atrapar al lector y mantenerle atento hasta el final, lo que explica la causa fundamental de su éxito. No es ningún virtuoso de las letras, pero conoce bien las bases de la escritura cuyo fin es el puro y duro entretenimiento. Además, la propia historia que cuenta es en sí muy amena y tiene los ingredientes propios de un bestseller: luchas y batallas, intrigas políticas, romances y relaciones de amor/odio entre amigos y amantes, así como personajes de una pieza que se dejan llevar por las pasiones… Por ello, aunque el crítico literario eche pestes de la novela, el lector que solo busque evadirse con una historia de aventuras y batallas encontrará exactamente… eso.

No obstante, donde más brilla Manfredi es en el tratamiento de los personajes, que van cambiando y evolucionando durante la trama, desde unos principios idealistas e ingenuos, hasta quedar impregnados del cinismo, la maldad y la soledad propias del poder despótico.

Y si bien las batallas y luchas merecerían un poco más de descripción, se agradecen los mapas sobre las mismas, que ayudan a entender su desarrollo.

En resumen, este es un libro que se olvida de inmediato en cuanto se termina de leer, pero que hasta entonces cumple su función de entretener.

Andrés Díaz Sánchez.   

domingo, 5 de noviembre de 2017

El Gran Capitán, José María Sánchez de Toca y Fernando Martínez Laínez


Título: El Gran Capitán
Autores: José María Sánchez de Toca y Fernando Martínez Laínez
Editorial Edaf

Tenemos aquí un magnífico ensayo sobre uno de los mejores tácticos de todos los tiempos —así reconocido por historiadores militares nacionales e internacionales—: Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán

Conocer y comprender la transición entre la guerra medieval y la guerra renacentista sería imposible sin estudiar la obra y hazañas de Fernández de Córdoba. En la Edad Media imperaba una estrategia que dio sus frutos durante varios siglos, la de las fastuosas cargas de caballería que arrasaban al ejército enemigo, los encontronazos de caballeros sobre grandes corceles de batalla, que en aquella época vendría a equivaler a una fila de tanques lanzados contra una línea de defensores a pie. En la Edad Media, pues, el papel de la infantería, aún teniendo su importancia, quedaba reducido a un segundo plano ante la contundencia avasalladora de la caballería. No obstante, el sistema ya demostró sus carencias en momentos puntuales, como la batalla de Agincourt, donde una inteligente combinación de los arqueros y del aprovechamiento del terreno convirtieron la típica y gloriosa carga de caballería en una masacre de nobles franceses.

Pero el sistema continuó y dio sus frutos… Hasta la llegada del Gran Capitán. En las guerras de Italia, que enfrentaron a los Reyes Católicos de España con el gran monarca francés, se demostró que un ejército de infantes armados con arcabuces y lanzas largas, o picas, y un uso inteligente del terreno, podía vencer a ejércitos de mayor tamaño y en los que imperaba la caballería. Así, Fernández de Córdoba no perdió ninguna de las muchas batallas en las que participó, excepto una, precisamente aquella en la que sus mandos no escucharon sus prudentes consejos. Su sistema revolucionó las luchas que vendrían a continuación y a partir de aquí se popularizó el uso de la infantería en cuadros de lanzas, así como los cuerpos de arcabuceros y los rodeleros, o infantes que se movían con rapidez en lugares concretos. Todo ello dio un vuelco a la táctica y desencadenó lo que después serían los famosos tercios, casi imbatidos durante los siglos siguientes.

Pero la fama del Gran Capitán, aunque alcanzó su mayor gloria en el complejo ajedrez de la Italia renacentista, se había forjado ya en la última etapa de la Reconquista, la Guerra de Granada, donde, si no fue líder de todos los ejércitos, al menos sí tuvo un destacado papel en el mando de tropas. Allí debió aprender la forma de hacer esa guerra de guerrillas que tanto le sirvió después en sus campañas italianas.

El Gran Capitán contemplando el cadáver del Duque de Nemours
(pintura de José Casado del Alisal)

Hay muchos libros sobre el Gran Capitán, pero pocos tan atractivos como éste. Se agradece sobre todo la gran cantidad de fotos, ilustraciones, mapas, y el cuidado acabado gráfico, que hacen la obra visualmente muy agradable, alejándola de los mamotretos de ensayo histórico que asustan al gran público. Si bien se ha tratado ya mucho el papel de Fernández de Córdoba en Italia, en este libro también se nos cuenta con detenimiento y profusión de mapas las distintas etapas de la guerra en Granada, lo cual es de agradecer. Debe mencionarse también el rico glosario de términos de época, al final del libro.

Por todo ello, este libro es muy recomendable tanto para los que deseen conocer más sobre la guerra en una época donde todavía se ganaba o perdía a espadazos, como también para los que quieran profundizar en el personaje y el contexto social y geopolítico en que vivió.

Andrés Díaz Sánchez

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Reseña de "Burkran, el licántropo" en Biblio Fantasy

«En definitiva, estamos ante ante un autor lleno de potencial, que sabe desarrollar historias desde la nada, su pluma es ligera y directa, y tiene ese punto de oscuridad que lo hace despiadado hasta niveles extremos».

Reseña crítica del libro Burkran, el licántropo en el blog de literatura fantástica Biblio Fantasy.

Podéis leer la reseña entera aquí.
Podéis comprar el libro aquí.



sábado, 28 de octubre de 2017

Trilogía de Skaith, de Leigh Brackett


Trilogía de Skaith.
Autora: Leigh Brackett
Libros: La estrella escarlata, Los perros de Skaith y Piratas de Skaith.

La escritora Leigh Brackett (California, 1915-1978) fue una de las más importantes autoras de lo que se ha dado en llamar Espada Planetaria, una especie de simbiosis entre Ciencia Ficción y Espada y Brujería, o Space-Opera y Fantasía, echando abajo así el mito de que no pueden convivir en un mismo libro el láser y la espada, ni el hacha y las naves espaciales.

Una de estas obras de Espada Planetaria es la llamada Trilogía de Skaith, que apareció a mediados de los años 70 del siglo XX y está compuesta por los libros The ginger star, The hounds of Skaith y The reavers of Skaith. Se trata de una obra de aventuras con cierto estilo pulp y con ese aire añejo de sentido de la maravilla cuyo objetivo es llevar al lector a mundos exóticos habitados por pueblos de extrañas costumbres, plagado además de criaturas fantásticas. Se puede decir que, aunque aparezca un elemento futurista —naves espaciales o armas láser—, este componente es mínimo y de lo que hablamos es básicamente de una obra de Fantasía con un fuerte sentido épico.

La historia nos lleva al planeta Skaith, un mundo mediocre y anodino dentro del conglomerado de planetas controlado por la Unión Galáctica, cuya capital se encuentra en el mundo de Pax. La estrella alrededor de la que gira Skaith es un sol moribundo que a duras penas calienta la superficie skaithiana. Los inviernos son cada vez más largos y la zona fértil disminuye más y más. La vida parece abocada a la extinción y cada año es más duro que el precedente. Este es el contexto de los pueblos y las razas de Skaith. Son muy atrasados y apenas tienen contacto con el universo exterior,  pues las naves solo bajan al único puerto espacial del planeta, en la ciudad de Skeg, para canjear los metales del espacio exterior —metales que el moribundo Skaith apenas puede producir— por las drogas que se cultivan en las zonas fértiles del planeta. El intercambio con los otros mundos es prácticamente nulo y por tanto los skaithianos viven una existencia atrasada, al nivel de la Antigüedad terrestre, en la cual no existen aparatos electrónicos ni armas de fuego.

Este atraso y aislamiento está además intensificado por la acción de los Señores Protectores, seres divinos y míticos que nadie ha visto y que viven en la llamada Ciudadela, en el norte lejano. Sus servidores, los Heraldos, son los sacerdotes y líderes políticos que dirigen a todos los pueblos skaithianos, y constituyen el único puente entre ellos y los todopoderosos y misteriosos Señores Protectores.

Leigh Brackett

En el pasado, y debido a una primera glaciación, se produjo una migración masiva de pueblos desde los polos a las zonas tropicales, únicas fértiles del planeta. Esto hubiera dado lugar a un periodo de caos y guerras de invasión, en el cual los más débiles saldrían perjudicados, pero para evitarlo, los Heraldos de los Señores Protectores organizaron política, social y económicamente a los skaithianos, de tal modo que los pueblos más prósperos, los de las zonas ecuatoriales, alimentaran con su esfuerzo a los llamados Errantes, las masas de recién llegados. Los Heraldos lo consiguieron gracias a sus ejércitos de tropas mercenarias y al temor religioso que inspiraban los Señores Protectores. Con el tiempo, este esquema, que podría parecer justo, degeneró en un nuevo orden social mundial: las ricas ciudades-estado ecuatoriales sufrieron la tiranía de los Heraldos y fueron sangradas por impuestos abusivos, con el fin de alimentar a los Errantes, masas de vagabundos sin otra ocupación que drogarse, practicar sexo y tratar a los ciudadanos skaithianos casi como esclavos —dada la época en que fue publicada la obra, cabría pensar si Leigh Brackett no se inspiraría en los hippies norteamericanos, amantes del sexo libre y las drogas recreativas, para crear a esos Errantes alimentados y sufragados por los ciudadanos trabajadores de Skaith… Pero esto es solo una sospecha maliciosa por mi parte, sin prueba alguna—. Surgieron voces de protesta y hubo pueblos que desearon liberarse de la tiranía de los Heraldos y los Errantes, pero fueron sojuzgados de manera violenta. Otros pidieron simplemente poder irse del planeta, para huir de las hambrunas de un mundo moribundo, y de los impuestos abusivos. Los Heraldos controlaban las comunicaciones con el exterior y prohibieron a cualquier skaithiano no solo marcharse del planeta, sino incluso comunicarse con la Unión Galáctica.

A pesar de todo, los iranianos, uno de los pueblos más rebeldes, consiguen denunciar ante Simon Ashton, un funcionario de la Unión Galáctica —¿las Naciones Unidas?— lo que ocurre en su mundo. Ashton llega al planeta y comienza a investigar, pero desaparece, secuestrado por los sicarios de los Heraldos, quienes lógicamente no desean que nadie husmee en sus asuntos.

Ilustración de portada de
Jim Steranko


Es entonces cuando entra en escena Eric John Stark, el héroe de la trilogía. Se trata de un guerrero mercenario que ha peleado en diferentes guerras planetarias y que está unido por lazos de profunda camaradería a Simon Ashton. Una vez en Skaith, descubre que Ashton se encuentra encerrado en la Ciudadela de los Señores Protectores, en el  norte lejano. Deberá por tanto viajar hacia allí, enfrentándose a los pueblos salvajes y hostiles que sobreviven en los desiertos helados, a los Heraldos, sus guerreros y sus masas de Errantes, y a razas más antiguas y temibles que la humana, que también pueblan el planeta. Stark es además el protagonista de una profecía que habla acerca de un extranjero, un Hombre Oscuro que destruirá la Ciudadela de los Señores Protectores y alzará en armas a todo un planeta.

Y efectivamente, la trilogía narra no solo las aventuras particulares de Stark en la búsqueda de Simon Ashton, sino la revolución que encabeza —sin quererlo, siempre obligado por las circunstancias— contra el orden impuesto por los Señores Protectores y sus Heraldos. Esta guerra se desarrollará sobre todo en el segundo y tercer libros, y en este último además entra en la ecuación el elemento exterior, cuando las naves espaciales por fin lleguen a Skaith sin el permiso de los Heraldos, con consecuencias insospechadas.

Ilustración de portada de
Jim Steranko

Uno de los puntos fuertes de la saga es el tratamiento de los pueblos y razas de Skaith. La mayor parte de las criaturas inteligentes son humanas, pero existen razas en principio humanas, que después fueron modificadas genéticamente para dar a luz seres mejor adaptados al rudo y moribundo planeta. Así, tenemos en el lejano norte a los Hijos de Nuestra Madre Skaith, seres antropomorfos pero cubiertos de vello, que pueden vivir cómodamente en el interior de montañas heladas; los Hijos del Mar, seres anfibios que recuerdan tanto al pez como al hombre; o los Fallarins, criaturas aladas que pueden controlar los vientos a voluntad. Mención aparte merecen los Perros de Skaith, monstruos aterradores que rodean y guardan la Ciudadela de los Señores Protectores. Entre los humanos, las culturas también adquieren un carácter realista y verosímil, pues cada una tiene sus cultos religiosos y místicos y sus propias tradiciones. En las zonas centrales del planeta los pueblos viven en ciudades-estado con campos de cultivos, pero en los desiertos helados solo quedan tribus y hordas salvajes y crueles. Algunas adoran al Frío y el Hambre y otras inmolan seres humanos al Viejo Sol. De cualquier modo, su forma de pensar es atávica y atrasada y todo los basan en profecías y magia; aquí, la ciencia y la filosofía brillan por su ausencia.

El planeta en sí mismo es un protagonista más. Abundan las descripciones sobre parajes y entornos, incluso más frecuentes que las descripciones de los propios seres y pueblos que lo habitan. Es un mundo agónico y ese carácter triste y moribundo se transmite a sus habitantes. Los pueblos de Skaith son pesimistas y lúgubres. De algún modo saben que se deslizan cuesta abajo hacia la extinción y eso se refleja en su forma de pensar y comportarse. Los pocos pueblos lúcidos basan todas sus esperanzas en escapar de un mundo sin esperanzas, y de ahí su petición de ayuda al exterior, una petición ahogada por los fanáticos Heraldos, al servicio de los Señores Protectores. El moribundo Skaith nos hace recordar el Marte de la saga de John Carter de Burroughs, un Marte también seco y moribundo, con pueblos atrasados que se hacen la guerra unos a otros. Esto no es casualidad, pues la propia Brackett reconoció haber empezado a leer Fantasía y Ciencia Ficción gracias a las historias de Marte de Burroughs.

El héroe protagonista, Eric John Stark, es un viejo conocido de Leigh Brackett. La autora le dio la vida en el relato largo Queen of the martian catacombs, publicado en 1949 en el pulp Thrilling Wonder Stories; también vemos a Stark en Black amazone of Mars, publicada en Planet Stories en 1951, o en  Enchantress of Venus, aparecida en 1949 también en Planet Stories. Solo leyendo los títulos de estas obritas se entiende que Stark sigue el prototipo de héroe bárbaro burroughsiano del estilo John Carter, cuyas aventuras se desarrollan en diferentes planetas, pero con un aire de Espada y Brujería —o Espada Planetaria—, antes que de Ciencia Ficción. La saga de Skaith no es una excepción, pues las armas de fuego y las naves apenas aparecen, son elementos tangenciales, y las luchas se producen con armas blancas: espadas, hachas, lanzas, etc.

Ilustración de portada de 
Jim Steranko

Stark, como John Carter, no es el héroe intelectual de la Edad de Oro de la Ciencia Ficción, cuando los Asimov o Clarke abandonaron la violencia y los músculos por la lógica fría y racional. Stark es de un periodo anterior, el pulp, en el cual el elemento científico y tecnológico era una excusa y lo que importaban era la acción y la fantasía en sí mismas. Stark es originario del planeta Mercurio y en su niñez fue adoptado por una tribu de salvajes trogloditas que le aceptaron como a uno más. Sin embargo, fueron exterminados por hombres del espacio exterior que esclavizaron a Stark y lo enjaularon como a una simple bestia. Simon Ashton le liberó y con infinita paciencia convirtió a ese chiquillo rabioso y atrasado en un ciudadano de la Unión Galáctica. Pero Stark sigue siendo en el fondo un bárbaro que disfruta con la lucha y la guerra y no sirve para otra cosa, y de ahí su condición de mercenario vagabundo. Debajo de la delgada capa civilizada duerme el salvaje asesino que cazaba a las bestias con armas de piedra. Stark es un lobo solitario sin apenas amigos ni conocidos, pero la excepción es Ashton, al que considera su padre adoptivo y al que no duda en ir a salvar a Skaith cuando sabe de su desaparición. Stark es un tipo duro, astuto, hosco en sus relaciones con los demás, el protagonista involuntario de una profecía que le convierte en salvador de un planeta. Su inteligencia es más bien la astucia del superviviente, y aunque resulta terrible como luchador, también es un negociador inteligente y avezado que sabe convencer a los distintos caudillos de Skaith para que le sigan en su cruzada particular. En Skaith, por otro lado, encontrará el amor en la persona de Gerrith, la sacerdotisa iraniana que proclama las profecías sobre el Hombre Oscuro. Así, Stark es un hombre duro, pero no insensible.

Resulta interesante la diferencia en el tono de esta saga de Skaith respecto a los otros relatos de Stark. Entre los primeros y la saga de Skaith habían pasado más de veinte años y eso se nota, pues mientras aquellos son aventuras más despreocupadas y ligeras, del estilo de la novela La espada de Rhiannon, la saga de Skaith rezuma lobreguez y austeridad. En este planeta y sus habitantes no hay espacio para la cordialidad y la amistad e incluso los aliados recelan entre sí. Todo es amargura y el aire está impregnado de una desesperación serena pero tenaz. El propio Stark es el libertador de los pueblos de Skaith, pero no le aman, pues desconfían de todos los extranjeros.

Edición española de la trilogía de Skaith 
de la editorial Miraguano. 


Brackett tiene un estilo propio de la novela de aventuras, fluido y natural, pero siempre correcto y en ocasiones brillante. Aunque aparece la épica, no estamos ante un Howard y por tanto no se pueden esperar muchas luchas crudas y desgarradoras. Hay combates, pero constituyen un elemento secundario. Si bien al principio cuesta seguir la historia, esta por sí misma acaba enganchando al lector. Lo más atractivo es la idiosincrasia de los pueblos, sus diferentes culturas, sus matices y religiones. Todo esto dota a la narración de una gran profundidad y la hace sólida y creíble. La trama es de aventuras y viajes, lo cual nos permite explorar de un extremo a otro este moribundo y atractivo planeta. En ocasiones, sin embargo, esta trama da vueltas innecesarias y el ritmo se hace lento y puede costarle un esfuerzo al lector. Para contrarrestar, hay picos de pura diversión y el balance final es el de una buena obra de Fantasía que engancha por sí misma. Se echa en falta, eso sí, un mapa del planeta, para poder ir siguiendo el itinerario de Stark y sus aliados en sus viajes.

En definitiva, la Trilogía de Skaith es una saga de Espada Planetaria bien escrita y lo bastante entretenida como para satisfacer al lector que guste de las novelas de aventuras.

Andrés Díaz Sánchez.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Reseña de "Skarrion Gunthar. Sangre en el hielo" en El caballero del árbol sonriente.

«En la novela podremos encontrarnos desde sanguinarias decapitaciones narradas con todo detalle que harían las delicias de Joe Abercrombie hasta viajes por los profundos y ancestrales bosques de Shakark que conmoverían hasta al mismísmo Tolkien


Otra reseña de Skarrion Gunthar. Sangre en el hielo, esta vez en el blog de Literatura Fantástica El caballero del Árbol sonriente.

Podéis leer la reseña entera aquí.
Podéis comprar el libro aquí. 



domingo, 22 de octubre de 2017

Tercios de España, la infantería legendaria, de Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca

Título: Tercios de España. La infantería legendaria.
Autores: Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca
Edición: 2006, Edaf.

Tenemos en nuestras manos un ensayo que estudia de manera exhaustiva, en todos sus aspectos, a los legendarios tercios españoles, que consiguieron un sorprendente número de victorias, casi ininterrumpidas, durante unos doscientos años. No en vano fueron considerados en su época como el mejor cuerpo de infantería del mundo. Se trata de una obra divulgativa cuyo rigor histórico no impide que el texto sea entretenido y ameno.

Como dicen los autores, nuestra historia es la gran desconocida para el gran público, que sabe más de los otros países que del propio. Y si hablamos de la historia militar o bélica, el desconocimiento es aún mayor. Pocos momentos hay tan épicos como los que abarca este estudio. Se nos habla sobre una época en la cual la guerra era algo cotidiano y —curiosamente— ocurría casi siempre fuera de las fronteras hispanas, gozando España de paz interna, salvo excepciones puntuales. Los célebres tercios pelearon sus batallas en el centro de Europa, en toda una ancha franja que iba desde los Países Bajos, pasando por Francia, los diferentes estados alemanes, y llegaba hasta Italia y el Mediterráneo. También estuvieron los tercios en los extremos del viejo continente: Portugal al oeste o Transilvania en el este. Igualmente destacaron los tercios en el norte de África: Túnez, Argel o Trípoli. Y en América, pues las expediciones de exploración y conquista contaban con capitanes y soldados provenientes de tercios europeos. Tuvieron presencia a lo largo y ancho de un mundo conocido y por conocer, en escenarios cercanos o remotos, en el Imperio de los Austrias, un extenso imperio donde nunca se ponía el sol. Combatieron no solo en tierra, sino también en las cálidas costas del Mediterráneo o las orientales de Grecia, culminando este tipo de guerra marítima en la jornada de Lepanto. También lucharon en las bravas aguas del Atlántico, defendiendo de los piratas ingleses las flotas de oro y plata de las Indias. Llegaron a Inglaterra con la Gran Armada —que los ingleses denominaron con ironía Invencible, dándole el falso nombre por la que aun se la conoce—, y a las costas de Bretaña y Flandes. Se hicieron expertos en todo tipo de combate: batallas campales, sitios y defensas de fortalezas, golpes de mano en sus célebres encamisadas nocturnas, cañoneo entre naves o bien combates al abordaje…, sin olvidar los duelos entre campeones de diferentes países, una costumbre muy medieval. Pelearon tanto en pasos montañosos como en bosques o llanuras, en el clima suave de Italia o en el frío y lluvioso de Flandes, en las selvas centroamericanas, las nieves germánicas o los desiertos africanos.

Ilustración de Angus McBride

Si bien se puede estar de acuerdo o no con las políticas de los diferentes emperadores —a veces lógicas y a veces nefastas—, resulta difícil no admirar a los simples soldados de los tercios, fieles siempre a su rey aunque no entendieran de estrategia internacional, sufridos y duros, orgullosos a pesar de su pobreza, hombres de probado valor y de bravura inaudita, reconocida antes por sus enemigos que por nosotros, sus descendientes. Sería fácil caer en un chovinismo del que otros países hacen mucha gala y del que nosotros hacemos —quizá— demasiado poca, pero los autores del estudio ponen cada cosa en su sitio y advierten que si bien los Austrias prefirieron la nacionalidad, residencia y costumbres españolas, y se encariñaron más con este país que con sus otras naciones, sus fuerzas armadas estaban compuestas no sólo por españoles. Los tercios eran un conglomerado de alemanes, valones, ingleses, holandeses, irlandeses, escoceses, italianos y, por supuesto, españoles —solo a estos últimos está dedicado el ensayo—. Los españoles no eran los más numerosos, pero sí formaban la columna vertebral del gran ejército. No se puede decir que las batallas las ganaran solo ellos, pues todos contribuían, pero sí solían estar en lo más recio del combate —a menudo por propia iniciativa, llevados del orgullo y la honra—, y cuando ellos faltaban o caían, caían el resto de las tropas. Esto puede parecer exagerado, pero las crónicas lo prueban una y otra vez, y si uno desconfía de las propias siempre tiene las del enemigo para demostrarlo.

Una de las bazas fuertes del libro es su idea de conjunto. Aquí vemos todas y cada una de sus guerras, en todos los escenarios y continentes, aunque abreviadas para no agobiarnos bajo un peso enciclopédico. Así, por ejemplo, encontramos reseñas de grandes batallas, y una lista muy interesante de personajes célebres de los tercios, desde maestres de campo como el Duque de Alba o Alejandro Farnesio, a soldados famosos por su bravura, e incluso literatos como Cervantes, Lope de Vega o Calderón de la Barca, cuyas vidas albergan muchas aventuras trepidantes y resultan tanto o más atractivas que las de los personajes de sus obras.

Ilustración de José Ferre Clauzel

Aparte de los grandes hechos de armas también se nos habla del día a día, de atavíos y ropas, juegos, relaciones con los compañeros de diferentes países y entre los propios españoles, los asuntos de honra y honor, las leyes que les regían, sus sistemas de mando y gobierno, los civiles que les acompañaban, pagas, intendencia, armamento e incluso el lenguaje que usaban. Y se tratan estos asuntos de manera resumida y certera, de tal modo que no tenemos entre las manos un mamotreto aterrador, sino un libro manejable y fácil de leer.

Por otro lado, la edición es impecable, con muchos retratos y grabados de la época e ilustraciones magníficas, así como varios mapas y diagramas desplegables que complementan el texto y facilitan su comprensión.

En definitiva, es un ensayo de consulta histórica, pero también una obra divulgativa muy amena, que da una visión de conjunto de todos los aspectos relacionados con los legendarios tercios españoles. El libro satisfará tanto al bisoño recién alistado que no sepa nada del tema, como a los veteranos de cualquier tercio viejo, bragados y curtidos en no pocos estudios anteriores.

Andrés Díaz Sánchez